Columna de opinión
Hay ausencias que pensan más que el bullicio. Hoy la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba no está como esperamos —repleta de estudiantes—, sino rodeada por una lucha de poderes que solo afecta la educación de quienes no cuentan con los recursos suficientes para estudiar en una universidad privada.
Entrar hoy a la universidad y percibir esta realidad es enfrentarse, obligado, a un panorama incómodo. No por lo que se ve, sino por lo que no está a la vista de todos.
Las aulas abiertas, sin voces. Las sillas intactas, frías y sin cuerpos. Los pasillos largos, sin afán, y ciertos docentes merodeando, quizás llevando a cuestas la esperanza de que todo volverá a ser como antes. ¿Y por qué no? Algunos pensando en cómo llevar el sustento a sus hogares. Nada parece con fisuras, pero todo se siente incompleto.
La anormalidad académica ha impuesto una pausa que va más allá del calendario. No es solo la interrupción de las clases; es la ruptura de un ritmo vital. Pero aparece una luz que, aunque inesperada, es necesaria para darle vida a este claustro académico: un fallo judicial que privilegia el derecho a la educación, el cual puso en un segundo plano las razones que alteraban la normalidad de un semestre que apenas comenzaba.
Por estos edificios han pasado miles de estudiantes con sueños inquebrantables y ambiciones enormes. Aquí han resistido docentes y administrativos sosteniendo lo cotidiano, incluso en medio de la incertidumbre. La universidad ha sido, para muchos, el único espacio donde pensar en futuro no parecía una utopía.
Por eso el silencio de ahora no es neutro: duele.
Duele, sí, porque revela hasta qué punto habíamos normalizado la presencia del otro: escuchar las risas, la recocha del compañero, hasta las llegadas tarde. Pero duele más cuando no pensamos en unidad para hacer del alma mater el orgullo de los chocoanos.
El sentimiento de tristeza nos embarga porque nos recuerda que aprender no es solo escuchar una clase, sino cruzarse con el condiscípulo, compartir conocimiento, debatir, discernir, coincidir, sentirse parte. Duele porque deja claro que la universidad no existe sin su razón de ser: quienes llenan cada rincón con sus tensiones, sus triunfos, las lágrimas, la ansiedad cuando el corazón se deja llevar por la adrenalina y empieza a latir más rápido.
Sí, hoy todo parece esperar con la vista puesta en el horizonte. Los pupitres ansían que los ocupen, los tableros esperan ser utilizados, los muros añoran el cuchicheo, los baños el -bembeo-. Pero esta pausa obliga a mirar la universidad sin gente y entender algo incómodo: lo académico se puede detener, pero no debería ser así. Si el silencio se prolonga como alma en pena, corre el riesgo de volverse costumbre. Y cuando el vacío se normaliza, la pérdida deja de doler.
Tal vez por eso incomoda tanto ver la universidad así. Porque no solo extrañamos un lugar: extrañamos la versión de nosotros mismos que existía dentro de él.
En síntesis, una universidad vacía no es solo una edificación en pausa. Es una advertencia.
Nos recuerda que el conocimiento necesita presencia, que la educación es un acto colectivo y que, cuando dejamos de habitarla, algo en nosotros también se apaga. El verdadero riesgo no es el silencio del momento, sino acostumbrarnos a él.
Porque la universidad puede esperar. Pero una sociedad que deja de necesitarla empieza a perderse.






